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EDUCACIÓN Y CULTURA: RUMBO A 2041 – 1º Serie: 4 de 6
Infancia, pantallas y algoritmos: ¿quién controla nuestra atención?
En una sociedad donde la tecnología compite constantemente por nuestra atención, aprender a utilizarla de manera consciente será uno de los grandes desafíos de las nuevas generaciones.
Imaginemos una situación cotidiana; Un niño está haciendo los deberes, su teléfono recibe una notificación, deja de estudiar, consulta el mensaje y acaba viendo varios vídeos que una plataforma le recomienda automáticamente. Cuando regresa a su tarea ha transcurrido mucho más tiempo del previsto.
Este ejemplo plantea una cuestión que va más allá de la educación escolar.
¿Quién decide realmente a qué dedicamos nuestra atención: nosotros o los sistemas digitales que utilizamos?
La tecnología que aprende de nuestros hábitos
Las plataformas digitales utilizan algoritmos para analizar nuestras interacciones y seleccionar contenidos.
Según el funcionamiento de cada servicio, pueden tener en cuenta los vídeos que vemos, nuestras búsquedas, los contenidos con los que interactuamos y otras señales de comportamiento.
Su finalidad puede incluir mejorar las recomendaciones, aumentar la participación o favorecer determinados objetivos comerciales. Esto permite ofrecer experiencias personalizadas, pero también plantea interrogantes.
¿Cuánto tiempo permanecemos conectados por decisión propia? ¿Hasta qué punto influyen las recomendaciones digitales en nuestros intereses?
Y, especialmente, ¿están los niños preparados para comprender cómo funcionan estos mecanismos?
¿Son todas las pantallas iguales?
Sería un error considerar que cualquier actividad con pantalla tiene los mismos efectos. No es equivalente pasar horas consumiendo vídeos seleccionados automáticamente que utilizar una herramienta digital para estudiar matemáticas.
Tampoco es lo mismo navegar individualmente por redes sociales que participar en una proyección educativa colectiva, supervisada y limitada en el tiempo.
El informe Childhood in a Digital World, publicado por UNICEF en 2025, explica que la relación entre tecnología y bienestar infantil no puede evaluarse únicamente contando las horas de pantalla.
También importa el contenido, el contexto y la exposición a experiencias perjudiciales. Esto nos obliga a superar una discusión demasiado simplificada.
La cuestión no debería ser únicamente cuántas pantallas utilizan los niños, sino qué hacen con ellas, con qué finalidad y bajo qué condiciones.
La responsabilidad familiar y la función educativa
Las familias desempeñan un papel fundamental al establecer hábitos de utilización de dispositivos, acompañar a los menores y determinar las condiciones de acceso a determinados contenidos.
Por su parte, los centros educativos pueden enseñar conocimientos y competencias relacionados con el funcionamiento de las tecnologías digitales.
Entre ellos, identificar fuentes fiables, distinguir información de publicidad, proteger datos personales y comprender los mecanismos básicos de recomendación de contenidos.
Esta formación no sustituye la responsabilidad familiar. La complementa desde el ámbito académico.
La inteligencia artificial también puede equivocarse
A medida que aumente el uso de asistentes inteligentes, los alumnos tendrán que aprender algo fundamental: una respuesta generada por IA no es necesariamente verdadera.
Estos sistemas pueden producir explicaciones útiles, pero también errores, afirmaciones inventadas o respuestas incompletas.
Si un niño acepta cualquier información proporcionada por una máquina sin contrastarla, podría desarrollar una dependencia intelectual poco conveniente.
En cambio, si utiliza la IA para formular preguntas, comparar explicaciones y verificar resultados, podrá aprovechar mejor sus posibilidades.
El objetivo no debería ser rechazar la tecnología, debería ser aprender a utilizarla sin renunciar al criterio propio.
El futuro de nuestra atención
En 2041 probablemente existirán herramientas digitales más avanzadas y formas de interacción que hoy apenas podemos imaginar. Por eso, además de aprender contenidos curriculares, será necesario comprender el funcionamiento de los sistemas con los que conviviremos.
Pero también habrá que conservar espacios para leer, conversar, realizar actividades físicas, disfrutar de experiencias artísticas y mantener relaciones presenciales.
La tecnología puede ampliar nuestras posibilidades de conocimiento.
El desafío consiste en utilizarla como herramienta y evitar que se convierta en la única forma de experimentar el mundo, porque una sociedad tecnológicamente avanzada no debería confundirse con una sociedad permanentemente conectada.
Próximo capítulo — 10 de noviembre: Inteligencia artificial, cine 3D, teatro y robots: las nuevas experiencias educativas.
Magic Wonderland, S.L.